ARTÍCULOS
EXPERIMENTO LADY
por Por Jorge Cabrerizo
Historiador de Arte y escritor
Cuando se pretende hacer arte con un tema de actualidad, peligra la vida del artista. Es así de simple. Mucha delicadeza —sutileza nada menor— es la necesaria, tacto y al mismo tiempo recia decisión, si se quiere lograr la pieza pétrea, intemporal, pulida, hierática, a la que llamamos Arte, sin caer en oportunismos, trascendiendo el tema puntual en una reflexión universal y rotunda. Dicho esto, no esperen más metafísica. Pueden respirar tranquilos, ya pasó.
Yo soy jurado de algún que otro premio literario y, si quieren que les diga la verdad, en los procesos de preselección de los textos finalistas, en el desbroce cruel pero necesario de tantos relatos hilvanados con ilusiones de pequeños Cortazar, las primeras historias que se caen, por lo general, son aquellas que recurren al tema de moda, a la tarandilla televisiva de las noticias de las tres de la tarde. Así de claro. El oportunismo en literatura y cine —efemérides y noticias de candelero— es mala estrategia, no se come un torrao y tiende a caer malamente.
Por eso no es fácil acercarse al tema de las mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas y salir airoso.
Pero, hete aquí que la compañía internacional “aQú Teatro”, que tenemos la suerte de disfrutar en Granada, con una economía de medios socrática y un derroche de bien hacer y bien pensar morrocotudo, se atreven en su espectáculo “Experimento Lady” a tratar el delicado y manido tema con una vuelta de tuerca digna de Ibsen (mira que era feo Ibsen, hablando de todo).
Estamos ante un montaje de rico texto, una “performance”, teatro experimental y a la vez muy clásico, griego, polaco, coreografiado, túnel de la bruja, topera de Jean Kott, expresionista, musical sin música, humor negro ibérico —o mejicano, vete a saber—, cabaret enfermizo —ellas a la deshabillé y sus sillas al retortero—, crudo, cavernario, físicamente extenuante... Muchas emociones son las emparedadas —este sería el justo término— entre las cuatro paredes hogareñas de la sala “La quinta espiral”, en Santa Catalina Baja, cada sábado a eso de las nueve de la noche.
Paulo y Paula, Sciutto y Susperregui, la pareja culpable de todo lo bueno que se guisa en las cocinas de esta compañía de teatro, construyen un texto efectivo y poético (él) y una puesta en escena (ella) que a ratos roza lo onírico, lo alucinado, marcado todo con inflexiones sutilísimas de humor bien traído como apoyo engañoso de la tragedia.
Y el espectador asistirá entonces a un Buñuel en directo: primer plato. Es la cena de acción de gracias de tres malashembras, heridas y prestas a morder, morder hasta hacer estallar la yugular del macho dominante, con ese sonidillo de guisante reventando. Es una bacanal de huríes sacadas de una snuff movie, más guapas que nadie, con sus seis axilas sin depilar, sus seis ojos desencajados de loca, sus seis manos chorreando sangre, vino, tarta de fresa, tres cuchillos con un acero de dos palmos.
Y es que la actuación es excelente, de lujo, con una concentración en escena digna de reseñar, aunque se deslice alguna minúscula carencia de ritmo que casi ni se percibe e incluso acentúa la belleza, como un lunar, del trabajo de tres magníficas actrices —cada una dueña de una dicción personalísima de acentos peregrinos, mestizos, auténticos sin disimulo—: Auxi Albalá, Adriana Salvo, Stephanie Mouton. Desde aquí les envío un mudo aplauso de papel y tinta.
Cuando abandoné el teatro, sin al principio caer en la cuenta de ello, me cosquilleaba algo en el cerebelo, a la altura de los sentimientos. Caminaba como envuelto en una nube —gracias frase tópica, por estar ahí siempre que te necesito— de reflexión sutil, como adormilada, de sueño propio de opiómano. No es difícil, si se tiene sangre en las venas, que los fantasmas de los tres cuerpos lozanos de tres jóvenes preciosas en combinación te ronden su buen rato. Pero no es erotismo a lo que me refiero —con permiso de ellas, que se merecen robustos pensamientos impuros—, sino a otra cosa algo más oscura, decadente —como el ambiente febril que inunda la pieza—, laxa, peligrosa.
Esas combinaciones y esas caras lindas están embadurnadas en sangre. Y la mente, caprichosa, superpone como en trasparencia la imagen de estas tres lady Macbeth, estas tres brujas de aquelarre shakesperiano, estas tres muñecas gore, con el retumbo, imposible de olvidar, de setenta y pico puñaladas pegadas con saña en la pobre mesa de madera que tienes, espectador, a menos de tres metros de tus propias narices. Las dos imágenes se combinan y terminan por sacudirte. Entonces, la magia ha sido realizada. El arte ha sido efectivo sin dejar de ser Arte: la reflexión y la crítica vertidas sobre los nosecuántos cadáveres de mujeres asesinadas de la manera más cruel ha calado hasta el escalofrío, el repeluzno. Todo un delirio. Toda una terapia. Una catarsis.
Maldito seas Oscar Wilde, con la coña aquella de que la realidad imita al arte. El arte de la tragedia. Cómo es posible, Dios mío, que tanto hijo de puta ande por ahí suelto..